La vejez: entre la dignidad planeada y el olvido silencioso
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* La vejez llega inexorablemente a todos, pero no todos la enfrentan con las mismas herramientas ni el mismo acompañamiento

Por Fernando Olivas Ortiz

Ciudad de México, en nuestro país y en gran parte de América Latina, esta etapa de la vida revela profundas desigualdades: mientras unos llegan con pensiones que les permiten mantener una calidad de vida digna, miles de adultos mayores sobreviven en la precariedad, el abandono familiar y la espera resignada del final.

En 2025-2026, México cuenta con alrededor de 17.1 millones de personas de 60 años o más, lo que representa cerca del 12.8% de la población total.

De ellos, un porcentaje significativo ha logrado prepararse desde jóvenes mediante ahorros, empleos formales o contribuciones a sistemas de seguridad social, accediendo a pensiones contributivas o al programa universal de la Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores —que en años recientes ha visto incrementos y pagos bimestrales reforzados—. Estos adultos mayores no solo mantienen su autonomía, sino que en muchos casos siguen activos laboralmente, generan empleo para familiares y allegados, y sostienen económicamente a varias generaciones.

Su vejez es, en buena medida, una etapa de continuidad y reconocimiento por décadas de esfuerzo. Sin embargo, la realidad para otro amplio sector es mucho más dura. Miles de personas mayores —hombres y mujeres por igual— no lograron fincar un futuro estable: trabajaron en la informalidad, no cotizaron lo suficiente o enfrentaron interrupciones laborales que les dejaron sin pensión adecuada.

Según datos de organismos como Coneval e INEGI, un porcentaje importante de adultos mayores vive en pobreza (alrededor del 40% en mediciones recientes), con carencias en ingresos, salud y vivienda.

En este grupo, el abandono familiar agrava la situación: hijos que emigran, olvidan o simplemente no asumen la responsabilidad, dejando a sus padres en soledad extrema.

No faltan casos en los que estos adultos mayores dependen de mendrugos de pan donados por extraños, sin red de apoyo ni atención médica regular.

El contraste es evidente: mientras un sector de la tercera edad contribuye aún al tejido social y económico —manteniendo negocios familiares o empleando a centenares—, otro vive marginado, esperando el final en la invisibilidad.

Programas gubernamentales como la Pensión Bienestar han mitigado parte del problema al entregar apoyos directos a millones, pero no resuelven del todo el abandono emocional ni las brechas estructurales heredadas de décadas de desigualdad laboral y falta de protección social universal.

La vejez no debería ser sinónimo de carga o desamparo. Es una realidad diaria que exige, más allá de recursos económicos, una red familiar y social responsable, políticas integrales de cuidado y una cultura que valore a quienes ya dieron lo mejor de sí. Porque envejecer con dignidad no es privilegio de unos pocos: debería ser derecho de todos.


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