Edith López Hernández, la senadora tsotsil que está reescribiendo la historia de Chiapas
* En Chiapas, las mujeres constituyen aproximadamente el 51.9% de la lista nominal
Políticamente Incorrecto // Javier Opón
Chiapas es un estado de contrastes profundos, de bellezas inconmensurables y heridas históricas que aún supuran. Es tierra de pueblos originarios que han resistido cinco siglos de exclusión, y de mujeres que durante demasiado tiempo fueron borradas de las decisiones que marcaban sus propias vidas.
Por eso, cuando una mujer tsotsil llega al Senado de la República, no debería ser noticia. Debería ser lo normal. Pero no lo es. Y que aún en 2026 nos sorprendamos de que Edith López Hernández sea la primera mujer tsotsil en ocupar un escaño en la Cámara Alta, dice más de nuestras deudas pendientes que de sus méritos.
Lo dice todo, en realidad. Porque Chiapas, este mosaico de culturas que presume de su riqueza étnica en los discursos oficiales y las postales turísticas, ha mantenido durante siglos a sus pueblos indígenas en los márgenes. Y dentro de esos márgenes, a las mujeres indígenas en el último rincón, en el lugar más oscuro, donde la voz no alcanza a ser escuchada.
Antes de la conquista española, la mujer maya ocupaba un lugar central en la vida pública, política y religiosa. Las crónicas y la iconografía nos hablan de gobernantes, de sacerdotisas, de mujeres que tomaban decisiones que afectaban a comunidades enteras. Pero la Colonia llegó con su carga de imposiciones y borró de un plumazo ese protagonismo. Durante casi quinientos años, las mujeres indígenas fueron relegadas al trabajo doméstico, invisibilizadas, silenciadas.
Esa deuda histórica, esa herida abierta por cinco siglos de exclusión, hoy empieza a saldarse. Y Edith López Hernández es la prueba viviente de que el tiempo de las mujeres indígenas ha llegado.
Lo confieso, he conversado con opinólogos chiapanecos, de esos que se presumen enterados, que se ufanan de conocer cada movimiento en la capital, y al mencionar a Edith López Hernández he recibido miradas en blanco. No saben quién es. No la ubican. No les interesa.
Y ese desconocimiento es precisamente el síntoma de lo que estamos hablando; una clase política que sigue pensando la representación desde los mismos moldes de siempre, desde los apellidos conocidos, desde las estructuras que han dominado la vida pública durante décadas. Para ellos, una mujer tsotsil en el Senado es una rareza, una anécdota, un dato curioso que no merece mayor atención.Se equivocan. Y se equivocan feo.
Porque Edith López Hernández no es una anécdota. Es el inicio de una nueva página en la historia política de Chiapas. Es la ruptura de un molde que llevaba demasiado tiempo intacto. Es la prueba de que la representación puede —y debe— tener rostro de mujer, acento tsotsil y memoria ancestral.
A los opinólogos de redes, a los politólogos de café, a los estrategas que miden la política en números fríos y encuestas pagadas, les cuesta trabajo entender lo que está pasando. Analizan desde sus privilegios, desde su desconexión con las comunidades, desde su repulsión apenas disimulada hacia lo indígena.
Pero los datos están ahí, tozudos, inapelables:
· En Chiapas, las mujeres constituyen aproximadamente el 51.9% de la lista nominal. Cerca de 2 millones de mujeres con derecho a voto.
· Las mujeres indígenas representan alrededor del 12.7% de la población total del estado, con una presencia determinante en los nueve distritos indígenas.
· Chiapas es uno de los estados con mayor población indígena y con mayor presencia femenina en el padrón electoral.
¿Alguien cree que ese electorado, el más numeroso, el que históricamente ha sido ninguneado por los partidos tradicionales, no va a sentirse identificado con una mujer que habla su lengua, que comparte su historia, que lleva en la piel la misma memoria de exclusión?
Hay otro factor que los analistas tradicionales no están viendo, las juventudes. Las nuevas generaciones de chiapanecos, las que crecieron con internet y redes sociales, están en una búsqueda profunda de identidad. Están volteando hacia sus raíces, hacia ese pasado milenario que durante décadas les enseñaron a menospreciar. Están rompiendo los cánones impuestos por el colonialismo, están reivindicando lo que les pertenece.
Y una mujer indígena en la boleta electoral, con una historia de superación, con una trayectoria que hable desde la comunidad y no desde las élites, puede conectar con esa juventud de una manera que los políticos tradicionales ni siquiera imaginan.
No me extrañaría que, cuando llegue el momento, muchos jóvenes —indígenas y no indígenas— vean en Edith López Hernández no solo a una candidata, sino a un símbolo. La representación de un cambio profundo, de una transformación que va más allá de los colores partidarios.

Sé que esto que escribo va a molestar a muchos. Ya escucho las risas, los comentarios condescendientes, los “está loco este columnista”. Pero mantengo mi lectura: Edith López Hernández no solo puede ser candidata a la gubernatura de Chiapas. Puede ganarla.
Las condiciones están dadas, un electorado mayoritariamente femenino que busca representación real. Una población indígena que ha sido sistemáticamente ignorada por la política tradicional. Una juventud hambrienta de autenticidad, de conexión con sus raíces. Un hartazgo generalizado con los mismos rostros, los mismos apellidos, las mismas estructuras.
Y enfrente, una mujer que rompe todos los moldes. Que no viene de las élites, que no habla con el léxico aprendido en las universidades privadas, que no necesita traductores para comunicarse con más de un millón de chiapanecos que aún mantienen viva su lengua materna.
No sé si Edith López Hernández terminará siendo candidata. No sé si llegará a la gubernatura. Eso dependerá de muchos factores, de decisiones que están fuera de mi alcance y del suyo. Pero lo que sí sé es que ella ya está escribiendo su propia historia. Ya es la primera mujer tsotsil en el Senado. Ya rompió un techo de cristal que parecía indestructible. Y eso, queramos o no, es el principio de algo.
Porque cuando una mujer indígena llega a un espacio de poder, no llega sola. Llega con la memoria de sus abuelas, con la fuerza de su comunidad, con la esperanza de todas las que vendrán después. Llega para recordarnos que Chiapas no es solo sus ciudades, sus centros comerciales, sus políticos de siempre. Chiapas es también —sobre todo— sus pueblos originarios, sus lenguas, sus tradiciones, su manera de entender el mundo.
Edith López Hernández está reescribiendo la historia de Chiapas. Y nosotros, afortunadamente, tenemos la oportunidad de ser testigos.
Que así sea.
