Nos aterra la violencia, pero la alimentamos a diario
* No nos gusta aceptarlo, pero esa apología silenciosa, esa romantización del narco en canciones, series, vestimenta y hasta memes
Políticamente Incorrecto // Javier Opón.
Podría empezar esta columna con un tono sensacionalista. Sería fácil, redituable, efectivo para atrapar miradas y sumar reacciones. Pero quienes me leen saben que nunca he perseguido eso. Prefiero incomodar con preguntas, que halagar con respuestas fáciles.
Hoy, tras la captura y posterior muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, a manos de grupos especiales de las Fuerzas Armadas de México, la reacción del Cártel Jalisco Nueva Generación no se hizo esperar.
Una ola de violencia sacude varios estados del país. Balaceras, bloqueos, vehículos incendiados, terror en las calles. El mensaje es claro, aquí estamos, aquí seguimos, y esto apenas comienza.
Podría extenderme sobre los orígenes del CJNG, sobre sus alianzas, sus disputas, su expansión internacional. Eso ya está en cientos de medios. Pero prefiero detenerme en una pregunta que pocos se hacen en medio del ruido de las balas y las declaraciones oficiales ¿qué tenemos que ver nosotros en todo esto?
Nos escandaliza la violencia, sí. Nos aterra, nos indigna, nos moviliza cuando toca a nuestra puerta. Pero somos incapaces de reconocer que la hemos alimentado durante años, décadas, generaciones. La hemos normalizado en las formas más sutiles y cotidianas.
Porque la violencia no empieza cuando un comando toma una carretera. Empieza cuando normalizamos los narcocorridos en las fiestas familiares y los cantamos a todo pulmón sin preguntarnos qué estamos celebrando. Empieza cuando permitimos que nuestros hijos vistan como bélicos, como alucines o buchonas, creyendo que es solo una moda, una tendencia inofensiva. Empieza cuando exaltamos la figura del capo, cuando lo convertimos en mito, cuando reproducimos sin pensar la estética del crimen como algo aspiracional.
No nos gusta aceptarlo, pero esa apología silenciosa, esa romantización del narco en canciones, series, vestimenta y hasta memes, ha construido el caldo de cultivo perfecto para que la violencia crezca. Le hemos dado un pase social. Le hemos abierto la puerta de nuestras casas.
Señalamos al gobierno. Decimos que es cómplice, que está infiltrado hasta las altas esferas, que no hace lo suficiente. Y puede que haya mucho de cierto en eso. Pero la pregunta que nadie quiere hacerse es ¿y nosotros, ¿qué hemos hecho?
¿Dónde estábamos cuando la corrupción se volvió parte del paisaje cotidiano? ¿Dónde, cuándo dejamos de exigir, de vigilar, de participar? ¿Dónde, cuándo delegamos toda la responsabilidad en unos cuantos y nos desentendimos del resto?
Hemos permitido que la corrupción carcoma hasta lo más profundo del hueso. Y cuando digo hemos permitido, no hablo de los políticos, hablo de todos. Porque la corrupción no es solo un acto de autoridad; es un pacto social. Se necesita de alguien que dé y alguien que reciba. Se necesita de una sociedad que tolere, que justifique, que mire hacia otro lado.
Y eso hemos hecho. Mirar hacia otro lado. Hasta que la violencia nos golpea. Solo ahí nos duele. Solo ahí nos enoja. Solo ahí exigimos respuestas. Pero cuando el peligro pasa, volvemos a la apatía, a la comodidad, a la indiferencia.
Lo ocurrido hoy con la muerte de “El Mencho” y la respuesta violenta del CJNG es un parteaguas en la historia de México. Pero no por la captura en sí misma, sino por lo que revela; la capacidad de respuesta del crimen organizado, su poder de fuego, su penetración territorial, su capacidad de poner de cabeza al Estado mexicano.
Y aún podría ser peor. Esto no ha terminado. Las próximas horas, los próximos días, podrían traer más sorpresas, más violencia, más dolor.
Pero también es una oportunidad. Una oportunidad para detenernos, para reflexionar, para preguntarnos qué clase de sociedad hemos construido. Porque para llegar a este punto se necesitó algo más que gobiernos fallidos y policías infiltradas. Se necesitó una sociedad apática, indolente, profundamente cómoda, que espera que alguien más venga a solucionar sus problemas mientras sigue cantando narcocorridos en las fiestas y vistiendo a sus hijos como pequeños capos.
Si algo debemos aprender de esta crisis es que la seguridad no se construye solo con balas y operativos. Se construye con educación, con valores, con memoria, con participación ciudadana real. Se construye cuando dejamos de normalizar lo anormal, cuando nos negamos a celebrar la violencia, aunque venga disfrazada de ritmo pegajoso.
No se trata de ser moralinos ni de imponer censuras.
Se trata de asumir que cada decisión individual tiene un impacto colectivo. Que cuando cantamos un narcocorrido no solo estamos coreando una canción, estamos validando un estilo de vida, una forma de poder, una estructura criminal. Que cuando vestimos a nuestros hijos de buchones no solo seguimos una moda, estamos sembrando en ellos la idea de que el crimen puede ser glamoroso.
El Estado tiene mucho que hacer, sí. Pero nosotros también. Y mientras no asumamos esa parte, mientras sigamos esperando que otros resuelvan lo que nosotros mismos alimentamos, la violencia seguirá encontrando terreno fértil donde crecer.
Hoy, México está herido. Hoy, el crimen organizado mostró su fuerza. Pero la pregunta que debe quedar flotando en el aire, incómoda, persistente, es: ¿qué estamos dispuestos a cambiar nosotros para que esto no se repita?
Porque si la respuesta es “nada”, entonces la violencia no hará más que esperar su siguiente oportunidad. Y vendrá, como siempre, disfrazada de algo que creímos inofensivo.
