Día de Muertos no es Halloween, es el regreso a casa
* La Catrina de Posada no es un disfraz de moda. Es la esencia viva de la muerte hecha ironía y verdad
Por Fernando Olivas Ortiz
Ciudad de México. 30 de octubre de 2026.- Hay quienes, desde hace años, insisten en mezclar, diluir o vender como “cultura moderna” lo que en México es memoria viva. Quieren que el Día de Muertos se parezca al Halloween.
Que se disfracen de monstruos, que se pida dulce, que se tema a la muerte como si fuera un espectáculo de terror. Pero no es lo mismo. Nunca lo ha sido.
El cempasúchil no es adorno. Es camino. Esa flor de veinte pétalos, que solo se abre con fuerza en estas fechas, guía a los que regresan. No se pone “porque se ve bonito”.
Se pone porque marca la ruta que cada año recorre el familiar para encontrarnos. Es parte activa de una cultura ancestral que entiende que la muerte no corta el vínculo: lo transforma. El altar no es una mesa con dulces. Son siete escalones hacia el Mictlán. Cada nivel representa un mundo, una prueba, un tramo del viaje que hace el alma para llegar hasta nosotros.
No es decoración de temporada. Es mapa sagrado. Es hospitalidad. Es decirle al que ya no está: “aquí te esperamos, aquí tienes lo que te gustaba, aquí sigue tu lugar”. La Catrina de Posada no es un disfraz de moda. Es la esencia viva de la muerte hecha ironía y verdad. Nos recuerda que debajo de la ropa fina todos somos huesos, y que reírse de eso no es irrespeto: es inteligencia.

Las calaveritas de azúcar o de chocolate nos las comemos. Nos burlamos. Les ponemos nombres, versos, chistes. Porque en México la muerte no es el final: es volver a casa. El pan de muerto lleva los huesitos de arriba, no los del que está en su tumba.
El papel picado no es simple adorno: es el viento que mueve el aire entre este mundo y el otro, el color que anuncia la fiesta. Todo tiene sentido. Nada es gratuito. Halloween llega con miedo, con máscaras de terror, con la idea de que hay que asustar o ser asustado.
El Día de Muertos llega con ofrenda, con flor, con pan, con recuerdo y con risa. Uno quiere espantar a la muerte. El otro la recibe, la sienta a la mesa y le dice: “bienvenida otra vez”. Por eso no se parece. Por eso no se deja convertir. Porque aquí la muerte no es el final. Es el camino de regreso.
