Kodak Retina Réflex III: la cámara alemana que retrató la memoria del periodismo
Compartir:

* También parece haber conocido la bohemia secreta del periodismo, esa otra redacción sin paredes

* Por Mario López Ayala PhD

Hecha en Alemania, esta Kodak Retina Réflex III no parece una cámara. Parece una presencia. Una de esas cosas que han sobrevivido demasiado tiempo como para seguir siendo solo un objeto. Tiene en el metal una gravedad antigua, una quietud que inquieta, como si hubiera pasado décadas callada, oyendo el ruido del mundo desde algún cajón, esperando el instante en que alguien volviera a tocarla para despertar lo que todavía guarda: luz, memoria y una porción intacta de verdad.

Hay objetos que envejecen. Esta cámara, en cambio, parece haber aprendido a observar. Uno la mira y tiene la impresión de que en cualquier momento podría devolver una escena que nadie sabía que seguía viva: una plaza estremecida, el humo de una redacción, el temblor previo a una entrevista decisiva, el segundo exacto en que la historia todavía no sabía que iba a convertirse en historia. Su cuerpo de metal tiene algo de testigo y algo de conspiración, como si hubiera sido fabricada no solo para capturar imágenes, sino para arrancarle pruebas al tiempo antes de que el olvido hiciera su trabajo.

Una cámara como esta no nació para la prisa. Nació para el instante decisivo, para la luz que entra una sola vez y no vuelve a repetirse. Pertenece a una estirpe de máquinas que acompañó algunas de las décadas más intensas del periodismo moderno, cuando la noticia todavía se perseguía con libreta, con suela gastada, con intuición, con nervio y con la sospecha permanente de que la verdad podía escaparse por una rendija si uno llegaba tarde. En aquellos años, el mundo no solo cambiaba: ardía. Había guerras, revoluciones, golpes de Estado, plazas colmadas, estadios convertidos en templos, discursos que movían naciones enteras y silencios que también eran una forma de violencia.

Pero esta cámara no pertenece solo al estruendo de la noticia. También parece haber conocido la bohemia secreta del periodismo, esa otra redacción sin paredes donde muchas veces se terminaba de entender el día. La barra de un bar al final de la jornada. El vaso de whisky o de cerveza. La libreta abierta. El humo subiendo despacio. Un bolero sonando al fondo, o quizá un jazz cansado, o una ranchera que se colaba desde otra mesa, mientras los reporteros volvían con la ropa llena de calle, de polvo, de mundo y de fatiga. En esas mesas también se escribía el oficio. Allí se exageraban hazañas, se compartían derrotas, se olían primicias, se confesaban miedos y, entre la música, la madrugada y el rumor de los vasos, alguien soltaba una historia que a veces resultaba más peligrosa que la nota publicada.

Cámaras de esta estirpe convivieron con periodistas que hicieron del oficio una forma de entrar en la oscuridad sin bajar la mirada. Oriana Fallaci, desde Italia, convirtió la entrevista en un combate frontal y obligó al poder a responder sin refugio. Martha Gellhorn, desde Estados Unidos, fue a la guerra para contar no el mapa, sino la herida; no la maniobra, sino el sufrimiento humano que quedaba cuando el estruendo se retiraba. Dorothy Kilgallen, también en Estados Unidos, caminó entre el brillo del espectáculo, el crimen y los secretos del poder con un olfato periodístico que todavía hoy deja flotando un halo de intriga. Mohamed Hassanein Heikal, en Egipto, leyó desde dentro el pulso de un mundo árabe atravesado por nacionalismos, derrotas y tormentas geopolíticas. Ghassan Tueni, en el Líbano, defendió la palabra escrita en medio de fracturas, censuras y guerras, como si cada edición fuera una barricada levantada con papel, tinta y conciencia.

Más lejos, en otros confines, el periodismo seguía jugando su partida contra el miedo. Takashi Tachibana, en Japón, abrió paso a una manera de investigar que podía tocar a los intocables. Dai Qing, en China, convirtió la escritura crítica en una forma de desobediencia frente al silencio impuesto. Anna Politkóvskaya, en Rusia, hizo de la cobertura de la guerra y de los abusos del poder una valentía que terminó costándole la vida. Wilfred Burchett, desde Australia, fue el primer periodista occidental en reportar desde Hiroshima después de la bomba, como si hubiera caminado entre las cenizas para recordarle al mundo que el infierno también deja sombra sobre el papel. Henry Nxumalo, en Sudáfrica, enfrentó con su trabajo la brutalidad del apartheid y pagó con su vida el precio de mirar demasiado de cerca. Rodolfo Walsh, en Argentina, convirtió la investigación en denuncia y la denuncia en una forma de dignidad frente a la violencia del Estado. Zuenir Ventura, en Brasil, retrató con aliento largo las fracturas sociales de su país, recordando que el reportaje también puede ser una conciencia despierta.

Y en nuestra lengua, donde la realidad a veces parece llegar con polvo, con duelo y con presagio, también estuvieron los que entendieron que un país no se narra desde la superficie. Gabriel García Márquez, de Colombia, aprendió en el periodismo el arte de mirar el detalle mínimo que anuncia la tormenta, y convirtió lo cotidiano en una revelación cargada de asombro. Julio Scherer García, de México, hizo del periodismo una incomodidad permanente para el poder y defendió la independencia crítica cuando hacerlo implicaba enfrentarse a estructuras que preferían la obediencia. Elena Poniatowska, de México, recogió las voces de los heridos, de los olvidados, de las mujeres, de los pobres y de quienes la historia oficial quería dejar fuera del relato. Carlos Monsiváis, también de México, convirtió la crónica en un espejo feroz de la vida pública, la cultura, la multitud y las contradicciones nacionales.

Pero México tuvo más nombres que caminaron esa misma cuerda floja. Manuel Buendía hizo de su columna un territorio de alto voltaje, donde se cruzaban la corrupción, las redes del poder, el crimen y las zonas oscuras que muchos querían mantener en penumbra. Miguel Ángel Granados Chapa volvió el análisis una forma de vigilancia democrática y de serenidad crítica en medio del ruido y la opacidad. Vicente Leñero mostró que el periodismo también se libra dentro de las redacciones, entre presiones, fracturas, dignidades y lealtades puestas a prueba. Fernando Benítez ayudó a forjar una tradición crítica e intelectual en la prensa mexicana, abriendo espacios que formaron generaciones enteras de lectores, reporteros y escritores. No eran solo firmas. Eran maneras de mantenerse despiertos en un país que demasiadas veces quiso dormir con los ojos abiertos.

Esta Kodak Retina Réflex III pertenece a esa genealogía de testigos silenciosos que acompañaron el temblor de las décadas, el humo de las guerras, el vértigo de las plazas, el rugido de un Mundial en México, la entrevista que podía hacer tambalear a un poderoso y la madrugada en que una noticia todavía era capaz de cambiar el pulso de un país. En su cuerpo de metal parece sobrevivir una lección antigua: primero se llega, luego se observa, después se duda, se verifica y, solo al final, se narra. Ese es el verdadero suspenso del oficio. No saber si se alcanzará a ver el segundo decisivo. No saber si la censura, el miedo o la violencia llegarán antes. No saber si la verdad tendrá tiempo de mostrarse. Y, aun así, estar ahí.

Tal vez por eso esta cámara conmueve tanto. Porque no parece un objeto viejo, sino un testigo que se negó a declarar hasta hoy. Nos recuerda que detrás de muchas de las imágenes, crónicas e investigaciones que marcaron a la humanidad, hubo siempre alguien dispuesto a sostener la luz en medio de la sombra. Y que el periodismo, cuando honra su vocación más alta, no trabaja solo para la noticia del día ni para el aplauso fugaz, sino para que la Luz no se apague, para que la Verdad no sea sepultada, y para que ambas sigan siendo, en beneficio de la Humanidad, una forma de memoria, de dignidad y de esperanza.

* Mario López Ayala, PhD
Periodista, investigador y director de Phoenix24


Compartir: