Toniná, el reencuentro con nuestra historia
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* El gobernador Eduardo Ramírez Aguilar ha anunciado obras prioritarias para el mejoramiento integral de áreas y caminos en la zona arqueológica
* Juan me había contado sobre el ritual que planeaba realizar en el Templo del Rey Zopilote. Velas, incienso, flautas
Políticamente Incorrecto // Javier Opón
Hay lugares que no se visitan, se habitan con el espíritu mucho antes de pisarlos. Hay ciudades que no se construyeron solo con piedra y estuco, sino con la memoria de siglos, con el pulso de generaciones que miraron las mismas estrellas que nosotros miramos hoy. Toniná es uno de esos lugares.
Desde niño tuve la fortuna de crecer cerca de nuestras ciudades mayas. Mis abuelos son originarios de Palenque, y cada viaje a su tierra era también un viaje al pasado, a ese mundo de pirámides envueltas en selva que despertaban en mí una mezcla de asombro y orgullo. No recuerdo la primera vez que vi Palenque; está tan grabado en mis primeros recuerdos como el sabor del pozol o el olor a tierra mojada después de la lluvia. Crecí sabiéndome parte de este pueblo, de esta historia.
En la adolescencia, soñaba con ser arqueólogo. Quería reivindicar la historia de nuestros pueblos, quitar el polvo de siglos no solo a las piedras, sino a la dignidad de una cultura que se niega a morir. Ese sueño me llevó en 1993 a Toniná por primera vez. Apenas habían pasado trece años desde que iniciaron los trabajos de investigación y restauración bajo la dirección del arqueólogo Juan Yadeun Angulo. La montaña sagrada estaba despertando de un largo sueño.
Quedé impresionado. No solo por la arquitectura, por esa mole que desafía al cielo, sino por el misticismo que flotaba en el aire. Recuerdo a mi mentor, Fernando Rey Arévalo, contándome las historias que los habitantes de Ocosingo susurraban; hombres-pájaros que volaban sobre la zona arqueológica, rituales secretos, brujos que llegaban desde Guatemala para celebrar ceremonias en la noche. Leyendas que para mí eran tan reales como las piedras que pisaba.
En 1998, la vida me regaló un encuentro que marcaría mi relación con Toniná para siempre. Fue en el atrio de la iglesia de Santo Domingo, en San Cristóbal. Un hombre platicaba animadamente sobre la cultura maya. Yo, con 20 años y la soberbia de quien cree saberlo todo, me animé a participar en la conversación. No sabía que estaba discutiendo de igual a igual con Juan Yadeun Ángulo, el arqueólogo que había dedicado su vida a desentrañar los secretos de Toniná.
Cuando me enteré de quién era, quise desaparecer. Pero Juan, con la generosidad de los sabios, no solo no se molestó, sino que me tendió la mano. Regresó varias veces a Santo Domingo, y las pláticas se prolongaban por horas. Con el tiempo, esas conversaciones se trasladaron a mi pequeño departamento en la calle Comitán, en el barrio del Cerrillo. Un segundo piso modesto donde yo, como una esponja, intentaba absorber cada palabra de aquel hombre que había aprendido a leer el lenguaje de las piedras.
Guardo un recuerdo imborrable del solsticio de verano de 1999. Semanas antes, Juan me había contado sobre el ritual que planeaba realizar en el Templo del Rey Zopilote. Velas, incienso, flautas. Y la liberación de un zopilote que había criado en su rancho, un polluelo caído del nido que, sin su ayuda, no habría sobrevivido.
La invitación estaba hecha. La noche del solsticio, después de desfilar por el templo con pequeñas flautas, de tocar brevemente y enviar un mensaje a nuestros muertos —un saludo, un recado de familia—, formamos un círculo. Juan sostenía al zopilote, ya crecido, listo para volar.
Lo lanzó con fuerza. El ave cayó.
Segundo intento. Mientras Juan nos explicaba algo sobre la zona arqueológica, el zopilote volvió a caer.
En el tercer intento, algo mágico ocurrió. Una parvada de zopilotes comenzó a acercarse, volando en círculos sobre nosotros. Cuando Juan lanzó al ave, esta comenzó a aletear con fuerza. La parvada la rodeó, la cobijó, y juntos se perdieron rumbo al sur.
Nos quedamos boquiabiertos. Sin palabras. Sintiendo que habíamos presenciado algo que no pertenecía a este tiempo.
Semanas después, Juan me confesó que él también estaba asombrado. El zopilote, que nunca había volado, había encontrado su camino guiado por los suyos. Como si la propia naturaleza le hubiera devuelto a su lugar en el mundo.
Traigo a colación esta historia porque hoy, después de años de permanecer cerrada debido a la intransigencia y avaricia de particulares, Toniná está próxima a reabrir sus puertas. El gobernador Eduardo Ramírez Aguilar ha anunciado obras prioritarias para el mejoramiento integral de áreas y caminos en la zona arqueológica, con el objetivo de que, a partir del 21 de marzo, pueda ser disfrutada nuevamente por el pueblo.
“Hoy vuelve a triunfar la luz y el patrimonio regresa a las manos del pueblo al que pertenece, las comunidades indígenas de Chiapas. Recuperar esta zona arqueológica significa recuperar el espacio y también el tiempo”, puntualizó el mandatario.
Y es cierto. Porque nuestras raíces no pueden ni deben estar condicionadas a los intereses de unos cuantos. El patrimonio no es una propiedad privada: es la memoria colectiva de un pueblo. Es el eco de nuestros antepasados llamándonos a recordar quiénes somos.
Toniná no es solo una zona arqueológica. Es una montaña sagrada, construida y reconstruida a lo largo de dos mil años. Es el testimonio de que nuestros pueblos fueron grandes, de que supieron leer el cielo, de que dialogaron con los dioses y dejaron su huella en la piedra para que nosotros, sus herederos, no olvidáramos.
Cada vez que visito Toniná, algo se remueve en mi interior. No es solo la majestuosidad de sus templos o la perfección de sus relieves. Es la sensación de estar en un lugar donde el tiempo se pliega sobre sí mismo, donde el pasado y el presente se funden en un abrazo que trasciende generaciones.
El anuncio de su reapertura no es solo una noticia turística o económica. Es una noticia del alma. Es la posibilidad de que las nuevas generaciones chiapanecas, los niños y jóvenes que hoy habitan estas tierras, puedan tener el mismo encuentro transformador que yo tuve hace treinta y tres años.
Que puedan sentir el asombro de caminar por las mismas plazas que pisaron los señores mayas. Que puedan escuchar el eco de las flautas en el viento. Que puedan, como aquel zopilote, encontrar su lugar en el mundo guiados por la memoria de los suyos.
Por eso hoy celebro con alegría esta decisión. Porque gobernar también es eso, devolverle al pueblo lo que siempre fue suyo. Porque el desarrollo no es solo asfalto y números, es también cultura, identidad, orgullo de pertenencia.
Enhorabuena, señor gobernador Eduardo Ramírez Aguilar. Acciones como esta nos conectan con nuestras raíces ancestrales, nos recuerdan de dónde venimos y nos ayudan a entender hacia dónde vamos.
Toniná vuelve a abrir sus puertas. La montaña sagrada regresa a su pueblo. Y con ella, regresa también un pedazo de nuestra alma que nunca debió irse.
Que así sea, y que por muchos siglos más, las piedras de Toniná sigan contando la historia de los hombres y mujeres que hicieron grande esta tierra.

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