La historia viva de una familia en medio de una terrible pandemia

* Las frías paredes de un hospital. Hoy se cumplió un año.

* Doctores, enfermeras y enfermeros, verdaderos héroes de ropa blanca

Rafael Zúñiga Mátuz*

Etchojoa, Sonora México.- Fue el viernes 22 de enero del año 2021 cuando por la puerta de urgencias del Hospital Ignacio Chávez de la Ciudad de Hermosillo ingresábamos a mi señor padre porque su problema de arritmia cardíaca era más recurrente.

A finales de octubre del 2020 se le acentuó “el problemita de salud”, muy probable que ése cuadro clínico a palabras del Internista, lo traía experimentando desde antes; en ocasiones se le notaba cansado de más y, conociéndolo, que a pesar de sus 81 años y medio, se conservaba fuerte como un roble, razón por la que madrugaba para ir a cumplir al Santísimo de la Purísima Concepción, no sin antes dar a diario como por años, las campanadas en la Parroquia del Padre RICARDO DUARTE ROJO.

Fue muy oportuno el “ojo experimentado” del médico de cabecera, Doctor M. A. MEDINA, quien, después de hacer varios electrocardiogramas, solicita se aplique a mi padre de carácter urgente un Estudio Holter en la ciudad de Navojoa.

Una vez revisado el papeleo técnico del Cardiólogo VELARDE respecto al Holter y dar su versión por escrito el primero de diciembre del 2020, su diagnóstico indicaba que mi padre sufría un SÍNCOPE CARDIOGÉNICO, procuramos significado de lo que dice el diccionario: (Síncope de origen cardiogénico o cardíaco. El síncope de origen cardiogénico o síncope cardíaco se asocia con mayor mortalidad y riesgo de muerte súbita. La principal causa de síncope cardiogénico son las arritmias. Sobre todo, las taquiarritmias (taquicardia) seguidas por las bradiarritmias (bradicardia)).

Para que no quedara duda que mi progenitor era candidato prioritario urgente al Marcapasos, y que no iba a tener complicaciones en lo que para el Doctor MANUEL ARNULFO MEDINA daba por hecho la nueva cirugía de mi padre; nos envía a realizar un nuevo estudio a la Clínica San José de Navojoa siendo el 19 de enero del 2021 que el Doctor VELARDE le practica un ECOCARDIOGRAMA TRANSTORACICO.

“Por lo que sea y no los agarren fuera de base, palabras textuales del médico-amigo MEDINA”, nos manda a hacer estudios al Centro de Radiología del Doctor VILLEDA prácticamente llenando todos los requisitos por sí se presentaba una eventual recaída.

El coronavirus estaba en su apogeo en todo Sonora, el Hospital Chávez de la capital no era la excepción, pero viendo que la palidez volvía al semblante de mi padre, no quedó otra más que irnos el jueves 21 y el viernes 22 llevarlo por urgencias donde comenzó toda una real odisea.

Bastaron siete días con sus respectivas noches para observar el trajinar de la gente en las consultas y en las oficinas; eso, no se compara en lo absoluto con el sufrimiento de los pacientes  y sus guardianes familiares en un hospital de servicio público.

Se mira que quienes dan la cara ante el postrado son las enfermeras y enfermeros, verdaderos héroes de ropa blanca; ellos están al pendiente de los recostados y conectados a sondas que les alimentan el suero y los medicamentos que el galeno prescribió.

Vemos cómo por la mañana, cuando una jefa de turno con las enfermeras y médicos van a cada cama, cada quien con su tabla y hojas donde vacían valores mientras escuchan atentos lo que explica detalladamente una jefa de turno del  proceso evolutivo del paciente, mismos que sin darse cuenta, ni él ni su familiar, el médico que lo envió al interior del hospital llega a ver cómo mejora o empeora su salud.

No cabe duda, son las enfermeras y enfermeros quienes tienen la fortuna de valorar la vida de los pacientes. Por la mañana llegan señoras que deben ser de una agencia de servicio para el aseo de los pisos y baños; también, jóvenes curpulentos provistos de trajes que les evita contaminarse y que mueven las góndolas para ir sacando las bolsas negras y rojas de todo el acumulado de las veinticuatro horas.

Los guardias, unos comprensivos, otros u otras repugnantes que identifican al que va y viene con sus enfermos, pero condescendientes y con privilegios a familiares de conocidos de ellos o ellas.

Es una maestría en humanidad estar en un hospital, te abre el pensamiento al sector de la salud, éste, que cada vez está más desprotegido del gobierno y sus leyes; en pocas palabras ya no son valorados como en décadas atrás.

Tenía dieciséis años que no estaba a la derecha o la izquierda de una cama hospitalaria; en esa ocasión fueron solo dos días; hoy, seis largas e interminables noches para que llegando el horario de oficina, procurar el avance en la gestión de una cirugía; veinte horas sin dormir de cada día, el cuerpo descansando en una silla y una sola posición se acostumbra, se fortalece.

El cerebro trabaja, las cosas mundanas se quieren apropiar del todo pero el chispazo Divino te hace entrar en acción para no perder detalle que hay una misión: coordinar los pensamientos y evitar que la bilirrubina del hígado no se active por una mala mirada o una mala forma de pedir la información, la burocracia puede que te retrace el objetivo.

Llegan las once o doce de la mañana y hay que pensar en descansar, que tu “relevo corto” sienta que van bien los trámites y sepa que todo es escuela, es aprendizaje para la vida lo que se vive  en esa pequeña comunidad llamada hospital.

Desayunar-comer se hace costumbre rápidamente, el cuerpo pide cama y silencio total para un descanso “balazo”, el cerebro no, ese a las tres horas máximo cuatro ya pide que te incorpores, que te asees para llegar a suplir al relevo, el hijo dispuesto valora lo que significa cuidar su sangre, su esencia, su delicado cuerpo, ese que sin él, no hubiéramos sido ni uno ni otro.

Volver a pasar los filtros de seguridad de un hospital se hace rutina, a la quinta y sexta noche ya ves que rotaron las caras de los guardias y del ejército de enfermeras y un que otro enfermero.

Observas y entiendes que como hormigas o abejas cada quien desarrolla una importante tarea en el proceso de rendimiento que es recuperar la salud de los pacientes.

Los camilleros son otra parte esencial en la ayuda, la experiencia adquirida la ponen en práctica al llevar de la ambulancia en camilla, y de la camilla a la cama al paciente, “los manejan con una pericia y un sentido humano que ya lo quisieran los políticos”.

Todo eso se vivió del 22 al 28 de enero del año pasado en el hospital Ignacio Chávez de Hermosillo para colocar marcapasos al profesor  Octavio Zúñiga Escalante, mi señor padre quien, gracias a Dios se pudo gestionar ese  “aparatito”, más agradecido aún con la maestra Edna Galvez enlace de la Sección 54 que ha sabido poner en alto el nombre de mi amigo y condiscípulo de la Maestría en el IPPSON, maestro Raymundo Lagarda Borbón.

No fue fácil pero sí, se abrieron todas las puertas con la ayuda del Creador y tenemos con nosotros “padre pa’ rato”.

Rafael Zúñiga Mátuz* es columnista desde 1999 y miembro del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa.

 

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